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Postboda en el interior de una cueva

Cuando Myriam y Pedro contrataron su reportaje de boda y nos dijeron que eran espeleólogos, nos pareció algo curioso. Cuando nos dijeron que querían unas fotos vestidos de novios dentro de una cueva, nos pareció una idea muy interesante. Y nos gustó todavía más cuando nos contaron que había una cueva muy especial para ellos en Cantabria en la que les encantaría hacer esas fotos.

Sin embargo cuando nos explicaron que no era una de esas cuevas turísticas, en las que pagas tu entrada y hay unos caminos marcados por los que resulta fácil moverse, sino que se trataba de una cueva “de verdad” en la que habría que descender con una cuerda y llevar casco y todo lo demás, ahí nos empezamos a inquietar. Mi experiencia en cuevas era nula y la de Toni casi la misma y las incógnitas surgieron por todas partes: ¿Existe allí algún tipo de luz además de la que lleva el casco? ¿Cómo llevaremos las cámaras y el resto del equipo? ¿Se pondrán los trajes dentro, rodeados de barro y oscuridad o los traerán puestos? Y no menos preocupante: ¿Cómo se hace para bajar por una cuerda? ¿Y para subir?

Ellos nos tranquilizaban diciéndonos que la cueva no tenía una dificultad especial, que entraban a menudo personas sin experiencia, debidamente acompañados por expertos, y que ellos nos guiarían en todo momento. Pero para nosotros quedó claro desde el principio que aquello iba a ser la aventura más novedosa y apasionante que habríamos hecho nunca desde que nos metimos en esto de la fotografía.

Este es el relato de aquella experiencia.

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El 15 de agosto de este verano, a las 10 de la mañana, Toni, Mar (maquilladora y asistente en esta ocasión) y yo, recogimos a Pedro y Myriam, junto con Sisco, un amigo que había venido para ayudar, en el hotel Alcamino de Mompía (Cantabria) donde estaban alojados. Un hotelito por cierto muy recomendable, regentado por una pareja encantadora. Desde allí nos trasladamos al camping La Barguilla en Ramales de la Victoria, otro lugar lleno de recuerdos para ellos, donde hicimos una breve sesión de fotos. Como puede verse el camping es precioso y está lleno de rincones con encanto. Pero bueno, esto era lo fácil. Faltaba lo más interesante (e inquietante) de la jornada.

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Sobre las 12 del mediodía aparcamos nuestros coches en el parking cercano a la entrada de la cueva conocida como la Coventosa. La idea era acceder a ella y recorrer su interior hasta la Sala de los Fantasmas, un espacio enorme e impresionante, que afortunadamente no recibe su nombre de la presencia de ectoplasmas sino de las curiosas formas que adoptan allí las estalagmitas.

Desde el aparcamiento se accede a la boca de la cueva por un sendero ascendente de unos 500 metros que nos hubiera quitado el frío del cuerpo si lo hubiéramos tenido. Sudorosos, cargados con todo el equipo, penetramos en la gran abertura en la montaña que es la entrada a la cueva. Allí nos equipamos (bueno, nos equiparon ellos) con cascos provistos de frontales y arneses para realizar el descenso. En esos momentos, con la luz del sol todavía reflejada en las rocas, todo tenía el aspecto de una excursión dominguera por la montaña.

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Pero cuando nos dirigimos hacia el interior de la cueva y, mirando al suelo, descubrimos un agujero oscuro, por donde se suponía que debíamos descender, a los tres novatos se nos quitaron las ganas de reír. Hacer rápel tiene su técnica y los expertos tuvieron mucha paciencia con nosotros a la hora de explicarla para que no tuviéramos ningún problema. Impresionaba saber que el agujero acababa 20 metros más abajo, donde sólo se veía un punto de luz que era el casco de Pedro. Pero llegamos abajo todos sin problemas, nuestras cámaras y resto del equipo bien protegidos en sacas estancas. Otra cosa sería subir cuando regresáramos.

Allí abajo efectivamente no hay más luz que la que tú puedas llevar. En este caso la de nuestros cascos y carbureros. No hay caminos, no hay flechas, no hay rótulos, no hay más que rocas, barro y oscuridad. El ambiente a mi se me hacía pesado. Pensé que quizá no había mucho oxígeno en esas profundidades. La cabeza me dolía y empecé a encontrarme mal. Y faltaba todavía una larga marcha cargados con todo el equipo hasta llegar a la sala de los Fantasmas famosa (y hacer las fotos con un complicado montaje de flashes, trípode y demás). Mar me dio una pista: “¿No te habrás apretado mucho el casco?” Y eso era. Fue aflojarme la tira interior del casco y pasarse todo. Un típico error de novato. 😀

Por suerte ellos recordaban bastante bien el camino y nos fueron guiando hacia el interior de la tierra, donde no funcionan los GPS ni hay cobertura de móvil. Perderse es tener un problema muy serio. Avanzamos con nuestros bultos procurando iluminar con los frontales el lugar donde poníamos el pie. Los tres expertos nos vigilaban de cerca porque un simple tropiezo, una torcedura de tobillo, podía arruinar la excursión. Y no digamos si alguno se resbalaba y caía por alguna de las oquedades que dejábamos a los lados y nadie sabe dónde terminan.

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Hubo que arrastrase por el suelo, rodear rocas y atravesar salas impresionantes con formaciones muy curiosas donde Toni y yo pensábamos que ya podíamos hacer fotos espectaculares sin ir más allá. Pero no podíamos detenernos, había que llegar a la Sala de los Fantasmas. Al cabo de cierto tiempo (es difícil saber cuánto exactamente porque en la oscuridad se pierde la noción del tiempo) nuestras luces descubrieron un espacio que intuíamos enorme, difícil de precisar en sus dimensiones, con formaciones rocosas realmente curiosas: los fantasmas.

Allí nos sentamos (por fin) a comer nuestros bocadillos y descansar antes de la sesión fotográfica.

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La sala era realmente espectacular, pero todos teníamos mucho que hacer. Mar se ocupaba del vestuario y el maquillaje de Myriam y Pedro, evitando en lo posible el barro circundante. Toni y yo, extremando el cuidado en un medio abrupto y oscuro, nos dedicábamos al montaje del equipo fotográfico: trípodes, flashes, etc… para lo cual el compañero Sisco fue de gran ayuda, porque acceder a ciertos rincones en el interior de una cueva resbaladiza, requiere de alguien con experiencia para moverse con soltura y seguridad.

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Cuando todo estuvo listo, empezó la sesión. Llegaba la hora de la verdad para los fotógrafos. Habíamos tenido que hacer varias reuniones con los novios para preparar esta aventura, incluyendo alguna con un fotógrafo experto en cuevas amigo mío de Santander (un saludo Josemi), habíamos recorrido casi 1.000 kms. hasta llegar allí, invertido varias horas y sudado varios litros para llegar todos con el equipo a esa sala concreta del interior de una montaña en Cantabria (y faltaba salir). Si mereció la pena o no, lo dirán estas imágenes que podéis ver más abajo. Lo que sí es cierto es que no muchos novios tienen fotos como éstas, en una cueva “de verdad”.

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Cuando terminamos la sesión, sin prisas (que nunca son buenas dentro de una cueva), recogimos todo y nos dispusimos a salir. Encontrar el camino de vuelta en la oscuridad sin referencias tuvo su miga, pero nuestros amigos (porque ya eran amigos a esas alturas) son buenos en esto y nos guiaron bien. No obstante, el ascenso hasta el pie del agujero por donde habíamos entrado se nos hizo bastante costoso cargados como íbamos. Especialmente a Toni, que sudaba enormemente. ¡Y todavía había que subir 20 metros por una cuerda!. Esto para Toni fue realmente complicado. ^^

Al fin pudimos llegar todos sanos y salvos a la entrada de la cueva. Allí el aire era distinto, más seco, más perfumado. Un tenue reflejo en las rocas nos indicaba que en el exterior aún era de día. Cuando salimos al exterior de la montaña la vista era increíble: en el otro lado del valle, los últimos rayos del sol poniente teñían de rojo las cimas de las montañas. Lástima que las cámaras estuvieran dentro de las sacas en ese momento.

La sensación era difícil de explicar. Habíamos vivido una experiencia totalmente nueva para nosotros, contemplando bellezas naturales que permanecen ocultas para la mayoría de la gente. Y habíamos conseguido entrar y salir del interior de la montaña sin ningún contratiempo importante, gracias al cuidado y el mimo que Pedro, Myriam y Sisco habían tenido con nosotros. Nos sentíamos unos privilegiados. No sé si las fotos reflejan la magnificencia de aquel lugar, pero lo que sí sé es que nosotros nunca olvidaremos esa experiencia, vivida gracias a los que, ya consideramos, nuestros amigos.

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Foro de Fotógrafos. Sevilla 2014

Para ser cada día mejores, hay que tener ilusión, practicar mucho y aprender de los que saben. Por eso Toni y yo dedicamos tiempo y recursos a asistir a talleres y seminarios de cuando en cuando.

Por este motivo, como muchos ya sabéis, del 25 al 28 de noviembre Toni y yo estuvimos en Sevilla, asistiendo al Foro de Fotógrafos 2014, una convención internacional en la que se reúnen muchos grandes de la fotografía actual. Era nuestra primera visita a este evento y podemos decir que fue muy reveladora y que nos permitió, no sólo aprender un montón, sino conocer y saludar a compañeros (algunos los consideramos ya amigos) repartidos por toda la península. Aquí os dejamos unas fotos de ese viaje, en el que pasamos cuatro días prácticamente sin salir del Palacio de Congresos de Sevilla, aunque la última jornada pudimos darnos un corto paseo por el centro de la ciudad.

Encuentro fotográfico Ceceñas Foto 2014

El pasado fin de semana nos fuimos hasta Cantabria para asistir a un encuentro entre fotógrafos muy particular. Se trataba de pasar un fin de semana en una casona rural (El Rincón de Lucía) en Ceceñas, muy cerca de Solares y de la capital Santander. La idea del encuentro era convivir y conocernos, aprender entre nosotros y compartir ideas e inquietudes. Sólo por esto ya merecería la pena hacerse 700 kms para llegar hasta allí. Pero en esta ocasión hubo más alicientes: el taller que impartiría Xulio Pazo, un maestro en la fotografía creativa de bodas.

Nosotros, que nos gusta viajar, disfrutamos desde el momento en que nos pusimos en marcha el viernes hasta que volvimos a Tarragona el domingo por la tarde. Recorriendo los paisajes, que cambiaban cada poco, atravesando pueblos, montañas y ríos. Cruzando, en definitiva, la península desde la orilla del mar Mediterráneo hasta la del mar Cantábrico. Allí en la casona de Ceceñas saludamos a viejos conocidos y conocimos compañeros nuevos. Hablamos mucho y escuchamos otro tanto, en un ambiente de camaradería que no se encuentra siempre entre colegas de profesión. Sólo el entorno del lugar del encuentro nos pareció inspirador, con sus granjas y prados, su tren de vía estrecha que pasaba a escasos metros de nosotros y esos olores típicos del norte a bosque, a humedad y a vacas.

El domingo regresamos con la cabeza llena de ideas y el corazón lleno de entusiasmo, mientras contemplábamos los espectaculares paisajes que podéis ver en nuestras fotos (algunas hechas con el móvil desde el interior del coche en marcha).

Sólo nos queda dar las gracias a los compañeros que se toman la molestia de organizar cada año estos encuentros y en especial a Xulio Pazo por su generosidad al compartir su forma de trabajar con todos nosotros.

 

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Last weekend we went to Cantabria to attend a very special meeting photographers. It was to spend a weekend in a rural house (El Rincón de Lucia) in Ceceñas, near Solares and Santander. The idea of the meeting was to live together and know each other, learn from each other and share ideas and concerns. Only by this as worthwhile to be 700 kms to get there. But this time there were more incentives: the workshop to impart Xulio Pazo, a teacher in creative wedding photography.

We like to travel, enjoy from the moment we got underway on Friday until we returned to Tarragona on Sunday afternoon. Walking the landscapes that changed every bit through villages, mountains and rivers. Crossing ultimately the peninsula from the shore of the Mediterranean Sea to the Bay of Vizcaia. There in the house of Ceceñas greet old friends and met new friends. We talk a lot and listen to the same, in an atmosphere of camaraderie that is not always between colleagues. Only the setting of the place of the meeting found it inspiring, with its farms and meadows, its narrow gauge train passing a few meters from us and those typical odors north woods, damp and cows.

On Sunday we returned with a head full of ideas and a heart full of enthusiasm, as we watched the spectacular scenery that you can see in our photos (some made with mobile from inside the car running).

We can only thank colleagues for taking the time to organize these meetings each year are taken and especially Xulio Manor for their generosity in sharing their way of working with us.